NO ME DEJAN DORMIR

Helios Martínez Cecilia

Son las 6 de la mañana de un día de entre semana cualquiera. Estaba acostado, como es normal a esas horas, pero sin poder dormir. No se por qué, pero algo me reconcomía. Últimamente no paro de darle vueltas a la cabeza. Desde la posición familiar que tengo, analizo tantas cosas que están pasando, intentando poder aportar soluciones, dar mi opinión, o simplemente poder entender. Me explico. Supongo que ya todos sabréis por donde voy. El día 2 de octubre, como cada mañana laboral, toda mi casa se levanta a una hora en la que el sol esta dando sus primeros destellos. Mi padre, mi madre y yo, cada uno con sus costumbres matutinas, se preparan para afrontar y disfrutar de un día más. Al llegar las 7:30, mi padre, como siempre, me pregunta el paradero de su coche, que suelo coger por las noches, para buscarlo e ir, como siempre durante casi 30 años, a su empleo salinero. Yo, recuerdo, que ese día fui a Murcia a resolver unos problemas relacionados con mi trabajo. Y mi madre, pues también como siempre, en su papel de apoyo de todos nosotros, quedándose en la soledad que da una casa vacía y casi sin vida, como siempre ocurría en esos días que llamamos laborables. Ella hace todo aquello que nadie quiere hacer, que nadie sabe valorar y que nadie remunera, pero que sin eso no habría familia ninguna en ningún hogar. Y es más, aún es capaz de tender su mano a mi hermana, su marido y sus hijas. Y eso, durante todos los días, también en esos que llamamos festivos. Y esa situación era la normalidad que se respiraba en mi casa, supongo que no más lejos de otros hogares torrevejenses.
Recuerdo que ese día, 2 de octubre, volví algo tarde de la capital murciana. Y me llamó la atención que al entrar por la puerta de mi casa, la comida no estaba en la mesa. Pensé: “¡Qué raro!”. Y os explico. Durante los meses de otoño, invierno y parte de la primavera, mi padre tenía horario partido en las salinas. Entraba a las 8 de la mañana, salía a la 1 del medio día, debiendo volver a las 3 de la tarde para acabar su turno a las 6. Y claro, en mi casa, como en todas, nos amoldamos a eso. Y eran las 2 ya pasadas y la mesa sin poner. Me acerco a la cocina, con el hambre que se tiene al medio día después de una mañana bastante liada con papeles y coche, acercándose mi padre para darme un papel y diciéndome: “Antes de que te enteres por ahí, lee esto”. Extrañado, cojo el folio doblado por la mitad, y entre los reflejos de luz identifico el sello de las salinas. Y yo, con mi humor característico y a veces inoportuno, exclamo: “¡Te han echao!”. Fue lo
primero que pasó por mi cabeza, sin pensar, creyendo que sería algo imposible, algo utópico, como una situación que ,al no poder darse, lo dices con esa sonrisa y tono gracioso. Es ahí cuando escucho un sí rotundo. Lo primero que hice fue darme la vuelta y mirar a mi madre a los ojos. Estaba llorando. Llorando porque ese comentario jocoso que había soltado sin pensar era justamente lo que había escrito en la carta, porque una carta de despido es lo que tuve entre mis manos el día 2 de octubre de 2009. Os aseguro que las sensaciones al ver mi entrono familiar no fueron muy buenas. No sabes que decir, que hacer, y más aún cuando lees y compruebas que tampoco puedes preguntar a nadie por qué.
Una vez pasada la hora de la comida y en los días posteriores, las sensaciones iban siendo cada vez más extrañas. Resulta que mi padre, por ser quien es, lo conocen bastante en nuestro pueblo, y claro, las noticias vuelan. La gente te para por las calles, preguntándote, dando sus opiniones,… intentando algunos, no todos, encontrar las razones o la razón que han causado todo esto. Pero lo más paradójico, y he ahí el motivo de mis vueltas en la cama, se da cuando la propia gente de aquí te dice si puede ser debido a su militancia política. Claro, yo no quiero pensar que en los tiempos que estamos existe esa persecución idealista por parte de un bando, mandato, mayoría, llámenle como quieran. Mi respuesta a esos, ingenuo de mi, es un simple “no quiero pensar eso”. Y les digo eso porque no puedo creerme que hayan personas que jueguen así, sin ninguna moralidad, no ya con un hombre, sino con una familia. No puedo creerme que un salinero, afiliado y representante de
unas siglas, de unas ideas, pierda su trabajo por ser quien es y hacer el papel político que le ha tocado hacer después de unas elecciones: oposición. Desde aquí, y a estas horas de la mañana, que ya es casi de día, me atrevo, a mis cortos 26 años de edad, a dar un consejo a aquellos que tienen la potestad de decidir, sin motivo aparente, el futuro de una familia. El vivir ninguneado es triste, bastante triste. El pensar coaccionado demuestra falta de inteligencia y recursos, cosa bastante grave para dirigentes de una empresa. Pero el actuar tapando los miedos que otros te meten, sean quienes sean, por esa falta de personalidad, y espero que haya gente aludida, sin poder ni querer alzar la voz, es vivir y pensar arrodillado, clavado en el poder de aquellos que se creen tener más que uno por representar esas siglas que gobiernan (dictan) en Torrevieja. Mi familia me ha enseñado a no dejarme llevar por nadie, a tener mi personalidad y mis opiniones y, sobre todo, a
defenderlas sin faltar el respeto a nadie. Si las razones del despido de mi padre son políticas, fíjense que lo sigo poniendo en duda, es que esos que gobiernan no siguen esos principios. No siguen ese respeto hacia los demás y, lo que es peor, se comen el de todos, dejándose hacer algunos. Entre los pocos restantes está mi padre, que no tendrá trabajo, pero no pueden pagarle en nómina el gran respeto que se tiene a él mismo, a nosotros su familia, a sus ideas y la diversidad existente de las mismas.
José Manuel Martínez es mi padre, y con sus fallos, que tiene, es un hombre honrado, trabajador y sencillo. No es un asesino, ni un ladrón, ni un corrupto para que se haya hecho esa persecución que, repito, salpica a mucha gente que tiene detrás. La buena gente no esta marcada con siglas. No piensen que por ser o estar afiliado a algún partido político (aunque tenga la mayoría) son mejores personas. Tampoco quiero que se entienda lo contrario. No miren el carnet de nadie, porque la huella que deja la gente no se ve a simple vista, ni si quiera se percibe por defender ideas que están a 180 grados del poder. Los castigos déjenlos para los jueces y sus criminales, para los maestros y sus alumnos, no para aquellos que preferimos vivir de pie y con la personalidad marcada.

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